En la historia de la música de los últimos siglos no hay ninguna individualidad que haya influido de forma tan categórica en el desarrollo posterior como Ludwing van Beethoven. No importa si se está a favor o en contra de él: nadie puede pasar por alto una obra que revolucionó prácticamente todos los ámbitos de la música.

Todo comenzó , sin embargo, como una historia bastante provinciana en la por entonces todavía casi insignificante ciudad de Bonn, a orillas del Rin, donde el padre de Beethoven trabajaba como cantante en la capilla del arzobispo príncipe de Colonia.

Los intentos del ambicioso padre por hacer de su hijo un niño prodigio al estilo de Mozart fracasaron estrepitosamente, ya que el chico necesitó un tiempo de arrancada relativamente largo.

Sin embargo, poco a poco se fue poniendo de manifiesto que el joven Beethoven tenía cosas relevantes que decir, tanto desde el punto de vista de la composición como del pianístico.

Cuando en el año 1792 se trasladó definitivamente a Viena, dio enseguida que hablar como pianista, con unas improvisaciones con las que nadie podía competir. También las primeras composiciones realizadas en esa ciudad dejaron boquiabiertos a los distinguidos conocedores de la nobleza, de los cuales algunos se convirtieron muy pronto en sus mecenas.

Alrededor del año 1800, Beethoven percibió los primeros síntomas del trastorno auditivo que finalmente lo dejaría sordo. Pero a pesar de ese despiadado golpe del destino, el músico no se resignó: continuó trabajando en nuevas obras hasta su muerte, entre ellas su décima sinfonía, la cual no pasó de unas pocas ideas y unos escasos apuntes.

Fuente: El ABC de la Música Clásica. Eckhardt van der Hoogen.

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