El término aleatorio (del latín alea: «dado, juguete en forma de cubo con cifras o figuras en sus caras») se refiere a procesos cuyo desarrollo global es fijo, pero que individualmente dependen del azar. Matemáticamente estos procesos se pueden estudiar mediante la estadística; musicalmente se enmarca en el campo de lo aleatorio todo aquello que no está escrito «en la partitura». De esta forma lo ha formulado el físico Werner Mayer-Eppler, y a su definición no habría nada que añadirle, de no ser porque existe una diferencia relevante entre los acontecimientos producidos por el azar en general, y las operaciones utilizadas al azar en la música a través de su historia.

En un sentido amplio de la palabra tendríamos que admitir el hecho de que a un violinista, cuya música sí que está fijada por adelantado, se le rompa una cuerda de un instrumento en un concierto, o que a un timbalista se le caiga una baqueta de las manos, o que un espectador anónimo sufra repentinamente un intenso ataque de tos.

Pero no es éste el sentido del término. Por música aleatoria se entienden más bien los intentos realizados desde la década de 1950 por romper la rigidez estructural exagerada del serialismo por medio de operaciones indeterminadas. Con gran disgusto de sus orígenes europeos, el estadounidense John Cage llegó hasta el extremo de acabar con el proceso creativo por completo: influido por las filosofías del Lejano Oriente, presentó al público «composiciones» sin un concepto definido, que conseguía a través de diversos artificios, como la utilización del oráculo chino (I Ching), el lanzamiento de monedas y muchos otros métodos, y para cuya interpretación se deja absoluta libertad a los músicos que en cada caso particular se puedan haber reunido. La obra más extrema de este método es la titulada «4´33», en la cual durante un periodo de cuatro minutos y treinta y tres segundos sólo se escucha el ruido que el mismo público pueda producir al no tener idea de lo que está sucediendo ni tampoco saber cómo reaccionar frente a esta «interpretación» sin sonido.

La mayoría de los compositores europeos decidieron no seguir por este camino. El «azar» utilizado por ellos estaba en la mayoría de los casos bien calculado, como ocurre en la tercera sonata para piano de Pierre Boulez, compuesta por diferentes piezas o módulos sobre cuyo orden de construcción el intérprete cree poder decidir; pero en realidad el compositor ha planificado la interpretación de tal manera que cualquier aparente libertad del intérprete ya ha sido calculada. Otras tendencias de la música aleatoria se limitan a notaciones «aproximadas»: una línea irregular sin definición rítmica puede significar que el intérprete puede tocar una melodía ascendente o descendente, en la cual no importa cada nota utilizada.

Con este tipo de libertades y mediante una racionalización limitada, se pueden lograr interesantes efectos, que ya no son ninguna rareza en las partituras modernas. La crisis creada en la Nueva Música después de la segunda guerra mundial evidentemente no pudo ser subsanada ni por el radical Cage ni por sus colegas del viejo mundo.

Fuente: El ABC de la Música Clásica. Eckhardt van der Hoogen.

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