F. Köchel formó un catálogo de las composiciones escritas por Mozart. Aunque pretendía ser completo, en seguida fue ampliado, primero por Wyzewa y, luego, por Einstein. Una parte considerable de las obras incluidas ahí comprende música puramente instrumental, por cuanto Mozart la produjo con gran abundancia. Este material se puede repartir en las siguientes categorías:

I. Sinfonías y otras composiciones para orquesta.- Las sinfonías propiamente dichas son 49 y, en su parte mejor, sumadas a las de Haydn, constituyen la producción sinfónica más importante y substanciosa del siglo XVIII. No concuerda en las dos ediciones del catálogo de Köchel la numeración de las sinfonías mozartianas. La primera edición menciona 41 y la segunda 49, por incluir otras siete publicadas como suplemento a la edición de las Obras completas de Mozart, efectuada por Breitkopf y Härtel, y una más, la No. 29, que había quedado inédita hasta entonces.

Denominábanse divertimientos, serenatas y casaciones ciertas obras orquestales (cuerda sola o cuerda y viento), pero más breves que la sinfonía; por estar también de moda las cultivó Mozart.

Mozart comenzó a escribir sinfonías en 1764, a la edad de 8 años, y esas primeras composiciones, infantinles más que juveniles, revelan las impresiones del estilo italiano que recibió a través de Johann Christian Bach. Desde 1768, tras los contactos con la Escuela vienesa, sus sinfon´´ias comienzan a tener más amplitud en los desarrollos y una arquitectura más proporcionada. En 1770 se reanudan la influencia italiana y la propia del estilo de ópera, como lo atestiguan la sinfonía en re de 1770 y las cuatro sinfonías salzburguesas de 1771.

Haydn influyó notablemente sobre la concepción sinfónica de Mozart, cuya actividad en este campo culmina con sus tres últimas sinfonías de 1788, en mi bemol, sol menor y do mayor, que son las más conocidas y admiradas. Aquí la concepción instrumental de Mozart alcanza una profundidad emotiva, afirmándose románticamente la moderna personalidad. El colorido de acentos de vigor dramático a un fraseo que penetra con amplitud en un horizonte sonoro más vasto. El motivo musical nace con un cuño instrumental propio, y los varios grupos, aislados y puros en la individualidad de sus timbres, se oponen en un fecundo juego dialéctico, o se mezclan, determinando una nueva sonoridad toda palpitante de movimientos interiores. La línea melódica se espacia con propia continuidad en el canto, brotando de ella un nuevo espíritu orientador, y se desenvuelven los contrastes, desarrollos, temas, modulaciones y juegos contrapuntísticos, como continuación del canto y cual si fuesen parte del mismo. La energía melódica se extiende siempre en nuevas direcciones: amena, amplia, lírica y discursiva, como en el primer tiempo de las sinfonías en sol menor y en do mayor (Júpiter); potente y trágica como en el Andante de la Sinfonía en mi bemol.

Profundizando en las sinfonúas mozartianas del periodo de la madurez, y especialmente en las tres compuestas en 1788, se comprenderá cuan ligera es la afirmación que durante largo tiempo ha identificado la música mozartiana con el rococó.

La personalidad de Mozart, múltiple y varia, abarcó diferentes periodos según la edad, la experiencia y el ambiente, por lo que constituiría grave error establecer afirmaciones genéricas y vagamente niveladoras.

Asimismo la personalidad lírica se afirma con potencia romántica y parece ya oirse la voz de Beethoven.

Mozart tiene un sentido profundo y personal de los timbres instrumentales en el conjunto orquestal. Sus partituras figuran entre las más instructivas y significativas con respecto al uso de los varios grupos instrumentales, que,, al penetrarse el uno en el otro, se funden en armónicas combinaciones, sin que jamás un instrumento duplique al otro como reforzante ni constituya mero pleonasmo sonoro. En esta orquesta esencial, los instrumentos despliegan una función preeminente. Nos llevaría demasiado lejos una ejemplificación en tal sentido, aunque resultaría interesante, dado los límites impuestos a este capítulo. No obstante, conviene llamar la atención sobre tal punto, dada su importancia para comprender el espíritu mozartiano.

A las sinfonías, que son las obras maestras de su producción orquestal, se agregan otras muchas composiciones, como unas quince Marchas y danzas; Danzas alemanas y Contradanzas.

Fuente: Historia de la Música. A. Della Corte – G. Pannain.

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